Equipo Prevaler
14 de agosto de 2026
Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en el mundo, y el infarto de miocardio y el accidente cerebrovascular rara vez son un rayo en cielo despejado. Casi siempre son el desenlace visible de un proceso que llevaba años instalado: arterias que se fueron endureciendo y estrechando mientras la persona hacía su vida normal. Ese proceso es silencioso, pero no es invisible para la medicina, porque deja marcadores que se pueden medir mucho antes del evento.
De ahí el concepto de riesgo cardiovascular: la probabilidad estimada de sufrir un evento de este tipo en un plazo determinado, habitualmente los próximos diez años. No se calcula con un solo dato, sino combinando varios factores, y no es una sentencia. Entender cuáles de esos factores dependen de usted y cuáles no es lo que convierte una cifra abstracta en un plan concreto.
Los factores que no se pueden cambiar
La edad es el primero: el riesgo aumenta con los años en todas las personas. El sexo también influye, con un patrón de aparición distinto en hombres y en mujeres, en quienes el riesgo se incrementa de manera notable después de la menopausia. Y pesan los antecedentes familiares, sobre todo cuando un padre, madre o hermano tuvo enfermedad coronaria a edad temprana. A ello se suman condiciones hereditarias como la hipercolesterolemia familiar, que eleva el colesterol desde la juventud y con frecuencia se diagnostica tarde.
Estos factores no se modifican, pero sí cambian el umbral de exigencia. Quien los tiene debería empezar sus controles antes, repetirlos con más frecuencia y ser más estricto con todo lo demás. Un antecedente familiar de infarto precoz no condena a nadie: obliga a vigilar mejor.
Los factores que sí están en sus manos
La hipertensión arterial encabeza la lista. No duele, no se siente y solo aparece cuando se mide, razón por la cual una proporción importante de quienes la padecen no lo sabe. Cuando ya está diagnosticada, el objetivo no es tomar el medicamento hasta sentirse bien, sino sostener las cifras en el rango que fijó su médico. Suspender el tratamiento porque uno se siente perfectamente es uno de los errores más frecuentes y más costosos.
Le siguen las alteraciones de los lípidos, en particular el colesterol LDL elevado, que es el que se deposita en la pared arterial; la diabetes tipo 2 y los estados de prediabetes, que multiplican el riesgo y muchas veces conviven con obesidad abdominal e hipertensión en el mismo paciente; y el tabaquismo, que es probablemente el factor con mejor retorno de todos, porque el riesgo empieza a descender desde que se deja y sigue bajando con los años sin fumar.
Completan el cuadro los hábitos: el sedentarismo, una alimentación con exceso de sal, azúcares y grasas de mala calidad, el consumo excesivo de alcohol, el sueño insuficiente o fragmentado —la apnea del sueño no tratada es un factor de riesgo cardiovascular reconocido— y el estrés sostenido, que además empuja hacia los demás factores: se fuma más, se come peor, se abandona el ejercicio y se duerme menos.
Ningún factor de riesgo actúa solo. Lo que determina el pronóstico no es cuál tiene, sino cuántos se acumulan y durante cuánto tiempo.
Qué controles conviene mantener al día
El primer paso es conocer sus cifras: presión arterial, glicemia, perfil lipídico, peso y circunferencia abdominal. Son datos sencillos de obtener y, con ellos, el cardiólogo o el internista puede estimar su riesgo y decidir cada cuánto reevaluarlo. Según los hallazgos y los antecedentes, la evaluación puede ampliarse con electrocardiograma, ecocardiograma, prueba de esfuerzo o estudios de las arterias, siempre indicados por el especialista y no por rutina.
Hay, por último, un grupo de síntomas que no admiten espera y que conviene reconocer antes de necesitarlos. Un dolor o una opresión en el pecho que se irradia al brazo, al cuello o a la mandíbula, especialmente si se acompaña de sudoración, náuseas o falta de aire. O la aparición súbita de asimetría en la cara, pérdida de fuerza en un brazo o dificultad para hablar o entender, que son las señales clásicas del accidente cerebrovascular. En ambos casos se trata de una emergencia: hay que acudir de inmediato a un servicio de urgencias, porque el tiempo transcurrido determina buena parte del daño que quedará después.
Bibliografía
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Enfermedades cardiovasculares. Nota descriptiva.
- Organización Panamericana de la Salud (OPS). Enfermedades cardiovasculares.
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Tabaco. Nota descriptiva.
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